A.D.: Hablar de Kerouac, es como hablar de los Red Hot Chili Peppers, pero en literatura.
Con ese nombre, sólo se puede estar prescrito a la admiración. Kerouac iba a ser un extraordinario deportista, jugador de fútbol americano, pero debido/gracias a una lesión en su rodilla y trifulcas varias con su entrenador, decidió ingresar en la marina mercante. Destinado en Nueva York, conoció a compañeros del movimiento beat como Ginsberg, Burroughs o Cassady, que le enrolaron en una aventura por los recónditos escondidos de la prosa.
Canadiense de nacimiento y francoparlante, se convirtió en uno de los máximes iconos de la narrativa norteamericana. Vivió y conoció en profundidad las calles de Nueva York, pero sus pasos le llevaron a California, y en general, a recorrer toda la costa Oeste de los EE.UU. Su obra más conocida es On the Road (En la carretera), pero su novela (autobiográfica, como todas ellas) más completa es sin duda este Vagabundos del Dharma. No apta para no-iniciados-Kerouaquenses, Los Vagabundos del Dharma deja de lado las juergas locas post-adolescentes de marihuana, alcohol y jazz de En la carretera (aunque las sigue viviendo paralelamente), recorriendo quilómetros de vías, pateando ciudades y trapicheando esquinas, para cambiarlas por una profunda vocación por el zen y el budismo. Kerouac se convierte esta vez en Ray Smith y es adentrado en esta religión por su compañero de viajes Gary Snyder, interpretando el papel de Japhy Ryder.
De esta forma, Kerouac cambia su viva-la-vitta sin tabúes por unas relaciones sexuales profundas, con sentido y simbolismo energético, idolatrando el sexo femenino por su complejidad mística. Cambia los quilómetros de asfalto por montañas inescalables, que sólo él se propone conquistar. Cambia el dormir en casa de amigos juerguisas por descansar en trenes, bajo puentes, o tirado en llanuras verdes. Cambia un largo texto descriptivo y crudo por una breve historia rica en profundidad.
En favor de sus aventuras solitarias, muy unido a la naturaleza, practicando Solitárium-energium-montus (término recién inventado por mí para describir largas estancias en soledad en lo alto del monte conviviendo plenamente con las energías naturales y la fuerza de la montaña), Kerouac da una nueva lección de way of life, esta vez en forma de misticismo. Para muchos detractores, el Zen descrito por Kerouac en esta obra de arte es un falso Zen, no representativo de los verdaderos fundamentos budistas, no obstante, para sus seguidores, Kerouac no habla del Zen propiamente conocido, sino que crea un nuevo Zen, el beat-Zen. En cualquier caso, no es necesario tomarse la lectura como una severa lección de religión o forma de vida. Sino todo al contrario, hay que entenderla como una serie de aventuras y creencias que surgen a raíz de la interacción de dos amigos que construyen en estas líneas una bella amistad, rica en conocimiento y, todavía más importante, compartiéndolo para enriquecerse el uno al otro.
Bellísimo relato, altamente recomendable, aunque insisto, no como primer orden, pero sí a mi entender como obra sublime del autor. No sé si la mejor, puesto que Kerouac es algo más que un escritor, un ideólogo, donde no te gustan o te dejan de gustar sus textos, sino que entiendes y aprendes de sus palabras aunque no te lo propongas. Admiras una forma de vida que acabó con escasos 47 años por un derrame producido por una cirrosis.
Enamorado de sus palabras, Kerouac demuestra que EE.UU. sí tiene una historia, diferente a la de Oriente y a la de Europa, y sobretodo mucho más reciente. Altamente criticable país, alberga pequeños tesoros creados por lúcidos civiles, poetas vagabundos que querían vivir otra realidad sin cambiar de continente. Claro que los hippies de la época mucho tendrán que decir, pero para los que llegamos tarde a entonces, siempre nos quedarán las palabras de ciertos ilustres inconformistas y románticos.
Qué triste que lo que pudiera haber sido, hubiera sido. ¿Os imagináis un grupito de animadoras rubias con cuerpos 10 gritando a coro interpretando algún estúpido baile “Dadme una K, K, dadme una E, E, dadme una R, R…” y así hasta completar su nombre? Kerouac. Sin duda, hoy por hoy, seguro que algún humilde pero de majestuoso canto, pajarito, anda por ahí volando y cambiando de estado, según le arrastran los vientos de ese extenso país que son los EE.UU. de América. Vuela, pequeño Jack, vuela.
Escrito por fibor