Cuentos maravillosos, por Hermann Hesse

Octubre 3, 2008

En el mundo de las hadas habita una imperante harmonía producida por el sorprendente equilibrio natural de diferentes energías en constante interacción. Un equilibrio imperturbable por ningún agente externo pues todos los elementos que en él conviven son igualmente partícipes de este son calorífico y acogedor. Quizás, sólo el hecho de no verse perturbado por nuevos llegados que alteren este orden es el que lo conserva con su plenitud. Sin embargo, hay otros pequeños seres lejanos que, de una forma u otra, logran acceder a este universo paralelo, verlo, vivirlo, y, sin deformarlo, transportarlo a todos los habitantes de éste, nuestro mundo civilizado, para contarnos lo que en él han visto. Hacernos llegar lo que muchos no veremos, y hacer mantener su espíritu en nuestra mente y más importante, la conciencia de su existencia en nuestro ente. Sea a través de la llave de la imaginación, o del sueño, logran atravesar esa puerta, y por su inocencia, su pureza, o por su simple buen karma por encima de todas las fechorías imaginables, coexisten con esta harmonía el tiempo necesario, no sólo inalterándola, sino ensalzando la fuerza de su brillo.

Una vez han regresado, con gusto y admiración, brindamos por muros tirados abajo que permitan llegar a nuestro conocimiento las nuevas de estos lares maravillosos, leyendo cuentos maravillosos. Y sin que estos traten de hadas y duendecitos, de extrañas criaturas mágicas, aún hablando de seres equiparables a nosotros, por sus relatos los reconoceremos cómo seres extranjeros que son en nuestro perturbado entorno y campo energético. Llámense cómo se llamen, de la mano de Hesse, siempre saben a gloria. Pues sus cuentos maravillosos, algunos más largos y otros más cortos saben a países lejanos, no en la distancia pero sí en la dimensión. Seres provinentes de concepciones a años luz, con los mismos nombres nuestros pero intenciones más nobles. Y siempre con conclusiones bajo el brazo, cuál niño recién nacido con su barra de pan. Pues aprendido el cuento del joven y el lobo, por mucho que todo quede en una broma, siempre resta la verdad escondida por sorprender y pillarnos desprevenidos. Bienvenidos sean los lobos de este hombre, esteparios o domesticados, siempre puros y magníficos.

Bienaventurados los cuentos maravillosos, pues ellos serán quienes mantendrán encendida la llama de la imaginación, la llama de la fé. Bienaventurados los seres capaces de personificar una estufa e insignificar a un rey. Bienaventuradas las flores que aún sin verlas, sólo con leer páginas de este hombre somos capaces de percibir todos sus aromas aún siendo alérgicos al polen. Bienaventurados los lares sin alergias, bienaventuradas.