El almuerzo desnudo, por William S. Burroughs

Julio 3, 2008

El almuerzo desnudo es una de aquellas novelas supuestamente vigiladas en las bibliotecas de EE.UU. ¿Por qué? Bien es sabido del alto nivel de control que pretende ejercer el gobierno americano en su sociedad, pero sin duda, es que para leer este libro, hay que estar buscando algo en concreto, mucho más allá de pasar un rato entretenido con una amena lectura.

El almuerzo desnudo no es un libro de lectura fácil, ni rápida, más bien al contrario. Con un vocabulario muy denso (a la vez que rico), Burroughs nos adentra en los niveles más elevados de la decadencia producida por una drogodependencia altamente dramática. Más allá de las drogas que, por un u otro motivo (generalmente por el cine o los telenoticias) están en mente de todos, aquí se nos presentan muchísimas sustancias que nunca habremos oído, ni siquiera imaginado que existían. A esto hay que unir un alto contenido de actividad homosexual (condición del autor), en ocasiones difícil de digerir, ni mucho menos por su significado, sino por lo explícitas de sus palabras y sus descripciones, pues el descaro descriptivo en escenas desagradables es una de las principales armas del autor. Al parecer, esto podría tratarse como consecuencia de una mente altamente enferma, no obstante, Burroughs, a fecha de su muerte, padecía de una gran lucidez a pesar de todas las sustancias que su cuerpo había ingerido a la hora de usar las palabras y de expresarse con ellas.

Como historia, no es un libro de novela continua, sino que sitúa al lector en distintas situaciones, muy dispares entre sí, con los detonantes clave en común que son las drogas y la homosexualidad. Encarnándose en distintas figuras y hablando desde distintas personas en cada relato corto, presenta importantes críticas en la sociedad americana: una gran hipocresía en la actitud frente a la homosexualidad de la sociedad del momento, desmonta toda figura religiosa, legislativa o jurídica situándolos bajo papeles de la mayor perversión posible, ridiculiza la figura del duro militar “macho” de turno, y sobretodo, se carga la mente de todo individuo capaz de creer que se conoce a sí mismo, mostrándolos a todos como insignificantes coballas, que no son quienes creen ser, sino quienes se ha querido que sean. Mentes susceptibles a la manipulación, y cómo a través de esta, junto a un poco de perseverancia, y quizás, con la ayuda de alguna pequeña sustancia u hongo, se convierten en mentes vírgenes altamente vulnerables dispuestas a ser moldeadas por las manos (y las palabras) de cualquier autodenominado psicólogo o psiquiatra, transformándolos a su libre parecer, desde creencias, conductas, inclinaciones sexuales, ideas, hábitos y obsesiones.

A pesar de esta crudeza, su obra es de un alto nivel descriptivo, en la que palabras se encadenan a otras siempre sumando significado y detalles. Denso y difícil, pero no pesado. Eso sí, siempre sabiendo de antemano el tipo de lectura a la que uno se enfrenta para no llevarse sorpresas desagradables.

Como hecho anecdótico: el título es una sugerencia de su idolatrado amigo Jack Kerouac y representa una descripción del estado en que se encuentra un individuo que cumple con los requisitos que el libro ofrece. La interpretación queda abierta.