
Si hay un disco que pueda autodenominarse o sentirse perteneciente a un concepto relativo a la psicodelia moderna en términos musicales, es este Urban Hymns de los británicos The Verve, un album de britpop atípico, que poco tiene que ver con lo que Oasis o Blur nos ofrecían (no leerse como crítica a estos otros dos máximos exponentes). Quedan pocos discos que transporten cogidos de la mano, y este es uno de ellos, echando el cierre a aquellos maravillosos años ’90, con una de las mejores canciones del panorama británico, que ha sido utilizada en numerosos spots publicitarios y piezas audiovisuales y a su vez, que más polémica ha levantado por su autoría como Bitter Sweet Symphony. Si aquellos violines hablaran…
Tras la primera (de muchas) separación de la banda habiendo publicado sus dos antecesores LP’s, A Storm In Heaven (1993) y A Northern Soul (1995), los cuatro decidieron volver a unir fuerzas, esta vez acompañados de un nuevo y quinto miembro, el guitarrista Simon Tong (también colaborador de Blur, Gorillaz, o The Good, The Bad & The Queen entre otros), amigo del líder Richard Ashcroft de la infancia. De esta forma, el sonido de la banda ganaba en amplitud ofreciéndoles la posibilidad tan bien aprovechada en este album de solapar guitarras con distintos efectos de sonido que dotarían al grupo de un sonido mucho más redondo, completo y ambiental, alejándolos de otros estilos más lineales también de la época (los propios Blur, Oasis, Suede, etc), apoyados también por duplicados de la voz de Ashcroft. Fue a finales del segundo trimestre de 1997 cuando empezaba a verse el videoclip de Bitter Sweet Symphony en la mayoría de televisores de occidente, con un Ashcroft con cara de pocos amigos andando calle abajo con la mirada perdida, cantando al compás de unos violines, violines que provenían de una adaptación orquestral de Andrew Loog Oldham de una canción de los Rolling Stones, The Last Time. El sampler en concreto era poco más corto de diez segundos y el grupo gozaba de los permisos necesarios para su uso. Sin embargo, vista la repetición hasta la saciedad de las notas en la canción y el éxito inesperado y la repercusión posterior del album, Allen Klein, que poseía los derechos de los Rolling Stones anteriores a 1970, denunció al grupo reclamando el 100% de los royalties de la canción, a pesar de que la letra de la misma era original del propio Ashcroft, reclamación a la que el grupo se opuso firmemente, alegando que usaban las mismas cinco notas pero que habían más de 50 pistas de arreglos que formaban una canción nueva. Finalmente, tuvieron que pasar por el tubo ante la amenaza de perder el juicio y haber de retirar el disco de las tiendas. En cualquier caso, lo que está claro es que mucha gente no conocería tal melodía si no hubiera sido por la maravillosa pieza musical de estos cinco británicos… o de la adaptación orquestral previa del Sr. Loog.
No obstante Urban Hymns posee otras enormes piezas alejadas de esta sinfonía agridulce, como Sonnet, The Rolling People, The Drugs Don’t Work (todas en el mismo orden de aparición del disco) o otras menos promocionadas (o utilizadas para la promoción del disco) que destacaría incluso por encima de las anteriores, como This Time, Space And Time, Lucky Man… la exaltación es inevitable. Incluso podríamos añadir que otras buenas canciones posteriores de Ashcroft en solitario como Song For The Lovers pertenecen a esta época de composición del artista.
Tras dos discos de discreto éxito comercial, en las letras de las canciones se detecta las ganas de “ver la luz” que tenía el propio grupo, de recibir el reconocimiento “esta vez sí”, tras haber analizado, haber “echado un vistazo atrás a sus vidas”, sentirse valorados, recompensados y dejar una pequeña (o muy grande) aportación a la música antes del cierre de la última gran etapa dorada del rock’n’roll. Y es que es en muchas canciones en las que se habla de introspección, análisis, cambios, de (repetimos) “esta vez sí”, pues sí, esta vez sí que la hicieron gorda y dieron a luz un disco de los que quedan para la eternidad, al que ni ellos mismos lograrían hacer sombra, de aquellos que no envejecen, que siguen sonando atemporales, como lo más oscuro de Pink Floyd o lo más punky de Offspring (por Dios, alguien me perdonará por la comparación). Tal vez el título de “This Is Music” del segundo corte de su antecesor era sólo un aviso de lo que estaba por venir, porque, señoras y señores, que nadie dude de que esto, sí es música.