Acordes y desacuerdos, por Woody Allen

O Dulce y melancólico en Chile, o El gran amante en Perú, Acordes y desacuerdos, nombre en que se tradujo el título original Sweet and lowdown en España, es la 29ª película de Woody Allen, correspondiente a su estreno en 1999. Cerrando la década de los ’90, relanzó la postura de la crítica frente a las recientes obras del director. La película sitúa la vida de un guitarrista de jazz ficticio, Ray Emmet (Sean Penn), único en el mundo y sólo comparable al guitarrista francés de origen gitano Django Reinhardt.

Ray Emmet se corresponde a una pequeña parte de la persona de Allen, introvertido, inexpresivo en sus relaciones sentimentales, con único objetivo disfrutar tocando la guitarra y matando ratas. Su forma de interpretar la música jazz es virtuosa y única pero no logra reflejar sentimiento alguno, así como en las relaciones con sus distintas parejas aparecidas en la película. Esta carencia de empatía le hace no contar con amigos de verdad, ni poder ser fiel a amores que le son altamente atentos. Su única obsesión (temporal) es la luna, alzarse hasta las estrellas para conquistarla y así, montado en ésta, poder bajar tocando la guitarra hasta el escenario de cualquier pub musical norteamericano. Posteriormente, ligarse a una mujerzuela para llevarla a alguna fiesta privada en la que improvisar tocando la guitarra con cinco músicos más y luego terminar la velada matando ratas a disparo de pistola en el vertedero para alzarlas con sus manos como trofeo después y exhibirlas a su esperada conquista.

Sin duda, personaje de un gran ego, curioso inicio de la palabra egoísta, al que le va como anillo al dedo conocer a una chica muda que le permita tan sólo escuchar y escuchar todo lo mucho que él quiere hablar, sobre él, y sobre la música jazz, y que no demuestro oposición alguna que dé pie a la discusión. Con un gran corazón, la joven no sólo no se cansará de él sino que se enamorará y como niño caprichoso, una vez Ray tiene el amor de una mujer, lo devalúa en busca de nuevos horizontes pues sólo puede así un ser de tal ambición y ganas de éxito no darse por vencido y seguir buscando más y más, todo lo que la vida le pueda dar, y el jazz.

No obstante, esta seguridad en sí mismo, en sus aptitudes y en su potencial es tan sólo aparente, siempre que se le nombre al único individuo que le podría hacer frente (musicalmente hablando), el francés Django Reinhardt (este sí, inspirado en el personaje real), cuyas palabras que componen el nombre son capaces de hacer caer en pánico a Ray Emmet, profundo admirador de su obra, siendo los suyos los únicos discos que escucha.

La película se narra desde el punto de vista del director, como es habitual, haciendo incisiones en la trama principal explicando cómo supuestamente es sabido que fueron los hechos, para luego mostrar cómo teóricamente habían sido. A él le acompañan otros personajes del mundo del jazz con el objetivo de dar importancia a este ser ficticio que es Ray Emmet, pero que podría simbolizar un icono para muchos amantes del género musical. La banda sonora es sublime, sólo podía ser de esta forma. La película, buena y entretenida, de Woody Allen, aunque a entendidas palabras de un servidor, ni mucho menos de las mejores. En cualquier caso, la actuación de Sean Penn es más que notable, así como la de Uma Thurman.

Woody Allen, como el jazz, tiene la habilidad de mezclarse con distintos géneros para formar nuevos grupos de denominación de origen, aunque todos con la misma bodega en el sello. El jazz es improvisación, y eso parece hacer el director y guionista en su carrera, improvisar, en ocasiones notas sobre su clarinete, y en otras, datos sobre la vida de un teórico músico.

Escribe un comentario